Euloxio Fernández
Mi gato sabe latín, es una lengua muerta, pero la habla como si fuese el más actual de los idiomas. A veces pienso si no será un romano reencarnado, un gladiador, un historiador, o al menos alguien de letras, porque no para de repetir frases como: Vita brevis. Tempus Fugit. Mors vincit omnia. Mors certa, hora incerta…
La verdad es que oírle es una pasada, aunque a veces asusta un poco, por ejemplo: se planta delante de la foto de mi madre y mirándola fijamente dice:
– In memoriam
Mejor dicho dice:
– Miau. In memoriam. Por que todas sus frases empiezan por miau.
A veces, si me nota vaguete, con uno de esos días en que uno no está por hacer nada, se me sube encima y me dice:
– Carpe diem.
O alguna mañana me recreo en la cama más de la cuenta se pone al lado de mi cara y me suelta:
– Vita brevis.
Lo de que pudo haber sido gladiador lo he pensado porque un día se puso un poco chuleta con otro gato que entró en el jardín y antes de saltar sobre él se giró, me miró y exclamó:
– ¡Morituri te salutant!
Y se lanzó a una batalla de la que no salió muy bien parado.
En una ocasión vino con un pájaro muerto en la boca y lo dejó encima de la mesa justo cuando estaba comiendo. Me miró y dijo:
– Rigor Mortis.
Luego lo volvió a coger y lo llevó frente a la foto de mi madre y dejándolo allí como una especie de ofrenda soltó:
– Finis vitae sed non amoris.
A ver… El gato es una herencia materna, pasó con mi madre sus siete primeros años sin gastar ninguna de sus siete vidas (conmigo creo que ya ha gastado alguna, después de la reñida pelea estuvo malísimo, pero sobrevivió), se ve que se entendían muy bien, no sé, tal vez aprendió latín con mi madre, ella era un poco bruja, hacía conjuros, potingues y cosas de esas, y la relación bruja gato data del principio de los tiempos, o puede que en verdad sea un romano reencarnado. Recuerdo que cada vez que iba a verla era una fiesta porque el gato siempre solía decir algo nuevo y mi madre y yo no parábamos de reír. Un día mientras comíamos, no recuerdo el motivo, nos dio por reír, seguramente alguna tontería sin importancia, el gato al oírnos, saltó sobre la mesa y tras echarnos una mirada dijo:
– Panis et circensis
Lo que tras un breve silencio consiguió que pasásemos de una risa suave a la carcajada más absoluta.
Cuando comento entre mis amigos que tengo un gato que habla latín, choco siempre con la misma incredulidad, con la frase de: no digas tonterías, y con el deseo burlón de venir a comprobar en persona si lo digo en broma o por muy extraño que resulte, podría ser verdad. Todos vienen, meriendan, escuchan y acaban diciendo lo mismo, “que entender se le entiende, pero se le entiende mal”. Yo creo que es por el miau con el que arranca cada frase, seguro que si no lo dijese se le entendería mejor.
