Elena Moratalla
En un país lejano de África a las orillas del Nilo, nació un gansito con los ojos contorneados y un collar alrededor de su plumaje pardo. Sus papás escucharon la voz del Nilo que era muy antigua y les habló de una corriente secreta para cruzar el Mediterráneo: tendrían que seguir el olor a agua dulce.
Decidieron atravesar ese mar donde acababa el Nilo y volaron muchos días y otras veces, nadaron hasta llegar a la costa levantina de España, donde otro río desemboca, el Júcar.
La voz de este río era cantora y junto a los trinos de los pájaros, les fue entonando su destino, al cual ahora llegarían a contracorriente y por eso deberían parar a descansar.
Una tarde, toda la familia de gansos del Nilo, pararon en un pequeño pueblo, llamado El Picazo. Vieron una pradera llena de patos y otras aves más grandes que se gruñían entre ellas, eran las ocas. Los patos ánades, esos que tienen el cuello verde brillante, los recibieron muy amistosos. Muchas personas se acercaron a la orilla a conocerlos y muchos niños les trajeron pan.
Un remolino en el centro del remanso de agua les susurró el siguiente tramo. Tendrían muchos altos de agua que vencer hasta llegar al alto del Júcar, a su nacimiento.
Allí el agua se volvió lenta. Los gansos entraron en una laguna escondida en los Montes Universales llamada “El espejo de las dos Cuencas”, que tenía una salida al río Júcar y otra secreta hacía un arroyo que acababa en el río Tajo. Era un lugar mágico donde las aguas decidían a que mar querían ir. Los gansos se reconfortaron con la calma de sus gotas. Sintieron que el agua era más cálida y olía diferente, como si viniese de lugares lejanos. Cruzaron la laguna en silencio y salieron por un arroyo que ya no era el Júcar, porque dejaron de escuchar su canto.
La voz de este nuevo río Tajo era la voz del recuerdo. Se dieron cuenta que no seguían la corriente, sino las historias que el río les contaba. Poco a poco, los gansos vieron un río pequeño que se acercaba sin hacer ruido, como si no quisiera interrumpir. Por él entraron, era más estrecho y el mundo parecía hacerse más humano, más cercano. Era su hijo, el río Manzanares, el río que sueña.
Lo atravesaron por arboledas y praderas hasta que muchas casas se fueron divisando desde sus orillas, edificios, torres y hasta un palacio. En ese lugar les gustó soñar y allí se quedaron a vivir, acompañados de las gaviotas reidores, garzas reales y cormoranes. No era un río de grandes corrientes, pero si de pequeñas vidas que sabían compartir el espacio de una gran ciudad.
Todas las voces de los ríos vienen, de alguna manera, del Nilo.
Y aunque los gansos volaran muy lejos, en cada río seguirían escuchando la voz antigua del Nilo que los había visto partir.
